Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?» Pero Jesús no le dio respuesta. Pilato le dice: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte o para crucificarte?» Jesús respondió: «No tendrías ninguna autoridad , si no se te hubiera dado de lo alto; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado.» (Jn 19, 9-11)
Un cambio de mando presidencial está repleto de signos y tradiciones que nos hablan de la importancia de aquello que está aconteciendo y de sus protagonistas. Es por eso, tan urgente, que en la conciencia cristiana se grave a fuego la convicción de que la autoridad brota de Dios y es siempre un camino para servir a los demás.
Las palabras del Señor a Pilato quieren hacerlo entender esto: “ no tendrías ninguna autoridad si no se te hubiera dado de lo alto”. Sin embargo, el corazón humano, siempre puede oscurecerse y equivocarse con facilidad, llegando a creer que esa autoridad es una facultad que emana de las cualidades propias de quien la ostenta. Y así, se llega a pensar que no es para servir a otros, sino una prerrogativa que hace que otros estén a mi servicio. Por eso es necesario descubrir la manera de llevar a la práctica nuestra autoridad a la manera de Jesús.
Todos ejercemos algún tipo de autoridad respecto a alguien, en el ambiente familiar, laboral, académico, y muchos otros. Esa autoridad debe mirar al hijo del hombre que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos (Mt 20,28). Es una autoridad que no busca destacar sino atender a lo que los demás necesitan, “porque si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35).
Toda autoridad, la bien ejercida y la que no, tienen su origen en Aquel que es AUTOR de todo lo existente. Así, ejercerla será siempre una responsabilidad de la que debemos dar cuenta. En ella debe transparentarse Cristo mismo, que pasó por el mundo haciendo el bien (Hch 10, 38). Nuestra autoridad debe mostrar un ejemplo que edifique a los demás, así como el Señor lo dijo en la última cena: “me llaman Señor y Maestro, y hacen bien, porque lo soy; pues, si yo, el Señor y Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que ustedes vayan y hagan lo mismo” (Jn 13, 13-15).
Cuánto bien haríamos y nos haría a nosotros practicar un modelo de autoridad basado en un sincero espíritu de humildad. Para ello, una bella escuela sería repetir y meditar aquella oración litánica que compuso el Venerable Siervo de Dios, el Card. Rafael Merry Del Val, y que alabó en octubre pasado S.S: León XIV:
Letanías de la humildad
Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo.
(Después de cada frase decir: Líbrame, Señor)
Del deseo de ser alabado,
del deseo de ser honrado,
del deseo de ser aplaudido,
del deseo de ser preferido a otros,
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aceptado,
del temor a ser humillado,
del temor a ser despreciado,
del temor a ser reprendido,
del temor a ser calumniado,
del temor a ser olvidado,
del temor a ser ridiculizado,
del temor a ser injuriado,
del temor a ser rechazado,
(Después de cada frase decir: Concédeme, Señor, desearlo.)
que otros sean más amados que yo,
que otros sean más estimados que yo,
que otros crezcan susciten mejor opinión de la gente y yo disminuya,
que otros sean alabados y de mí no se haga caso,
que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil,
que otros sean preferidos a mí en todo,
que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
Oración
Dios mío, no soy más que polvo y ceniza. Reprime los movimientos de orgullo que se elevan en mi alma. Enséñame a despreciarme a mí mismo, Tú que resistes a los soberbios y que das tu gracia a los humildes. Por Jesús, manso y humilde de Corazón. Amén.
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