“Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: «La virgen concebirá y dará a luz un hijo y lo llamarán Emanuel» (que significa «Dios con nosotros»)”. (Mt. 1, 22-23)
El Nacimiento de Cristo despierta cada año en nosotros sentimientos de alegría, de entusiasmo y gozo; pero, en ocasiones, es también oportunidad de tristeza y nostalgia por aquellos seres queridos que hoy no están junto a nosotros. Es que Navidad es una “fiesta familiar”, como muchas veces lo escuchamos. Y, aunque, mucho de eso es verdad, no se alcanza a definir lo que exactamente celebramos cada Navidad.
La Navidad es el nacimiento de Jesús, como dispuso el ángel que fuera llamado por San José (Mt. 1,21). Es la noche santa en que se cumplen las promesas anunciadas desde antiguo al pueblo de Israel. Desde el primer anuncio mesiánico (Gn. 3,15). Es la sangre del justo Abel, muerto por su hermano (Gn. 4,3-16), y la de todos los justos, que ahora, vemos viva en el único Justo, Jesús. Es el brillo refulgente del niño nacido, que recuerda el brillo del arcoíris divino, señal de la Alianza de Dios con Noé. Es el lucero radiante del alba (Ap. 22,16), que no se apagará y seguirá alumbrando a este pueblo que caminaba en las tinieblas (Is. 9,2). Es el Mesías esperado del linaje de David, nacido en Belén (Miq. 5,2) que viene al mundo por medio de un nacimiento virginal (Is. 7,14).
La Navidad vuelca nuestra mirada al pasado, 2025 años atrás, pero, necesariamente nos invita a mirar el futuro. El futuro de este mundo en que vivimos. Quien ha nacido será llamado “príncipe de la Paz” (Is. 9,6), en un mundo donde la guerra, las discordias, los odios cotidianos entre nosotros, van sembrando el germen de la división y nos hacen poner en duda el verdadero efecto que pudo o puede tener hoy el nacimiento de Jesús.
El nacimiento de Cristo es la venida al mundo de la bella imagen humana que “refleja el rostro de Dios y el rostro del hombre verdadero” (Redemptor Hominis, San Juan Pablo II, nº 10). Él estaba en el seno del Padre, cuando fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, y esta Noche Santa, del seno de María, nos recuerda hacia donde debe dirigirse la imagen del hombre de hoy, que parece perdido en medio de un mundo en que la dignidad humana cada vez va cobrando menos valor. Donde no se respeta al migrante; donde se permite el empobrecimiento de inmensas regiones, por intereses mezquinos, egoístas y materiales. Donde la vida humana puede ser tomada por el imperio de la fuerza, del delito y de la venganza.
Cristo nace HOY. Hoy nace la salvación del mundo. No es una mirada al pasado, como algo que ya ocurrió. Es una mirada actual a lo que HOY podemos contemplar con nuestros ojos: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto tu Salvación, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” (Lc. 2,29-32).
Noche Santa de esperanza, no permitas que desesperemos ante el dolor y la injusticia. El Salvador del mundo es nuestra esperanza, para este mundo y para nuestro futuro. Si vemos al Señor, no podremos olvidarlo. Y, si no lo olvidamos, nuestro corazón estará día y noche inquieto, mientras no descanse en Él (Las Confesiones I,1, San Agustín).
Que bella posibilidad nos da el Señor de servir a nuestros hermanos, como miembros de las FF.AA. y Carabineros de Chile. Podemos llevar la paz, la alegría, el consuelo, la seguridad, la mano cariñosa que permite que este largo país se haga menos distante y más cercano entre unos y otros. Si en esto vemos los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Flp. 2,5-8) y lo practicamos, significa que HOY EN TU CASA ES NAVIDAD!
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