“Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad” (1 Tim 2, 1-2).
Rezar por nuestra Patria y por aquellos que legítimamente ostentan en ella una autoridad, es un deber cristiano. Es reconocer que toda autoridad proviene de Aquel que es Autor de cuanto existe. Es comprender aquellas palabras de Nuestro Señor a Pilato: “No tendrías ningún poder si no se te hubiera dado de arriba” (Jn 19, 11). Pero es, también, comprender que el Patriotismo es una virtud. Una virtud en la que se manifiesta la Piedad y el respeto a los padres. De hecho el Patriotismo se inserta en la amplia comprensión del cuarto mandamiento del decálogo. Por esta razón afirma Santo Tomás de Aquino: “Después de Dios, a los padres y a la Patria es a quien más debemos” (Sum. Teol. II-II, q 101, a 1).
Es de radical importancia saber distinguir esta virtud del Patriotismo, de aquello que llamamos “Nacionalismo”. El Patriotismo nos lleva siempre a poner nuestra mirada en la PATRIA ETERNA, a la que estamos invitados todos los seres humanos. Por la que suspiramos en esta vida los cristianos y esforzándonos en la virtud, esperamos habitar. Es por eso que, donde esta virtud existe, no puede haber superioridad entre unos y otros. Más bien, nos reconocemos todos como caminantes hacia un mismo destino. El Patriotismo integra y no excluye; comparte y no es egoísta; reconoce que cada rincón del planeta, por haber brotado de la mano de Dios, bien merece ser valorado y querido, siendo así, no existe una tierra superior a otra. Los nacionalismos, en cambio, buscan encontrar la superioridad de sus habitantes, de su geografía, de cualidades locales, siempre en competencia con otros. Nada más lejano de una verdadera Virtud.
Pero entonces, ¿por qué amar esta Patria nuestra, este Chile al que tanto queremos? La respuesta nos la dará un hombre que no conoció a Cristo, el poeta latino Horacio (65 a.C.-8 a.C.): “Dulce et decorum est pro Patria mori” (“Dulce y honorable es morir por la Patria”, Oda III.2.13). Esta frase se hizo popular en el primer siglo, y fue para los Romanos un ideal de vida. Los cristianos pronto descubrieron que expresaba los nobles ideales en los que ellos vivían. La Patria es la “Terra Patrum”, la tierra de nuestros padres, porque es la que ellos nos han dejado, pero, además, porque en ella descansan sus cadáveres, esperando la Resurrección.
En resumen, rezar por nuestra Patria, es cumplir lo que recomienda el Apóstol San Pablo, es pedir por aquellos que están revestidos de autoridad para que la ejerzan conforme al querer divino. Es orar para que nuestro Chile siga siendo siempre tierra generosa, que comparte y acoge; que no discrimina y que integra todo lo bueno y noble que recibe. Es pedir a Dios que no aleje su mano de nosotros y es, en gesto agradecido, comprometernos a hacer de esta tierra un mejor lugar donde se viva el Evangelio de Jesucristo.
Felices fiestas patrias!
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